viernes, 15 de julio de 2011

Gente Reversible


No sé si aún existen, bueno, ¡qué digo! Por supuesto que deben de existir por allí, solo que ya no son moda. Quizá se pueden observar en algunos de esos videos ochenteros. Yo la recuerdo como uno de los mejores regalos que me dieran mis papás (y mamás - para que nadie se sienta excluido) en la navidad en que rondaba los 12 o 13 años: ¡una fabulosa jacket reversible!
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Hace mucho no las veo, tal vez no sean parte del closet de las nuevas generaciones, así que para quienes nunca las han visto, eran jackets que podías usar al revés o al derecho. Más bien debí decir que estaban diseñadas de manera que no había revés ni derecho, simplemente la usabas del lado que querías. Lo bonito era que un lado tenía colores diferentes a los del otro lado, de modo que tenías dos jackets en una, agregando funcionalidad y estilo a mi aspiración adolescente.
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Toda la demás ropa que he tenido es de la normal, de la que tiene derecho y revés. Con esa hay que tener más cuidado, porque nadie quiere salir a la calle con la marca por fuera. Igual muchas veces me ha pasado, quizá no al extremo de salir a la calle de esa forma, pero si cuando a mitad de la noche me despierta el recuerdo del último vaso de agua que tomé, y busco en la oscuridad, sobre el desorden de cobijas, la camiseta desaparecida; y sin prender la luz (para no despertar a los zancudos) me la pongo con los ojos aún cerrados, y llego al baño para descubrirme en el espejo en un risible estado sonambulesco, luciendo mi mejor gala de costuras por fuera.
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Y es que el revés de la ropa no nos hace lucir bien, nos muestra fuera de lugar, descuidados, despistados, incómodos y feos. Es el lado que debemos esconder pues esa parte de la tela no es tan bonita, además de que tiene un montón de etiquetas. Por ejemplo: una con la marca, otra con la composición de las fibras de la tela (50% Algodón, 50% Rayón), otra con las instrucciones de lavado (que si en agua caliente, que sin cloro, que mejor a mano, etc.), otra con las recomendaciones para el secado, otra con las instrucciones de planchado, otra con el sello de inspección de calidad, y no puede faltar aquella que dice "Made in ...". El revés también trae en algún lugar un repuesto de los botones; sin mencionar las costuras expuestas y los largos hilos que en muchos casos salen de ellas.
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Ésta comparación me desafía porque creo que soy como una de esas prendas comunes, con derecho y revés. Trato de presentar mi mejor cara, aunque lo que hay por dentro no es tan bonito. No me refiero al simple hecho de mostrar una cara alegre cuando en verdad uno anda desanimado; más bien a aspectos más trascendentales. Ejemplos tengo muchos, podría hablar de cuando le sonreímos amablemente a alguien, pero apenas se va le serruchamos el piso frente a los demás. O quizá cuando de palabra apoyamos una decisión familiar o de equipo de trabajo, pero por dentro resolvemos hacer un boicot pasivo. O cuando le decimos a alguien "claro, yo te llamo" con la plena convicción de que nunca vamos a llamarlo.
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Si ahondamos más en la comparación con el revés y el derecho de una prenda de vestir, pareciera que algunos somos expertos en hacer cosas correctas por fuera, pero con intenciones incorrectas por dentro. Disfrazamos la verdadera razón con una sonrisa, o con palabras bonitas, pero al otro lado se pueden ver las costuras e hilos sueltos de lo que realmente hay en el corazón. ¿Ejemplos? Por supuesto: Bajamos la ventana para dar dinero al indigente del semáforo pues qué va a pensar mi quienes van conmigo en el carro si no lo hago. Nos vamos a la misa o la reunión evangélica del domingo con el único motivo de cumplir con un estatuto religioso. Manejamos a la velocidad adecuada cuando sabemos que hay tráficos o cámaras. Nos ofrecemos a ayudar a una causa para que luego nos tomen en cuenta para lo que realmente queremos. Le decimos a alguien "Te amo" solo para usufructuar de la relación. Hasta vi algunos que llevan a la mamá o a la tía de paseo con la única intención de tener a alguien que se encargue de cuidar a los niños.
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Yo prefiero la gente reversible, conozco unos dos o tres en ese nivel, y cuando me comparo con ellos veo la enorme distancia que me falta por caminar, pero quiero llegar allí: Que lo que diga y muestre por fuera sea lo que hay por dentro, sin esconder nada, sin intenciones subterráneas o propósitos equivocados, sin doble moral, con integridad. Cuanta distancia me falta por caminar, pero como dijo Johnnie (el primo lejano del líder filibustero): lo importante es seguir caminando.

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domingo, 3 de julio de 2011


La noche transcurría sin altibajos, lo cual me hace presagiar que era un domingo; me senté como todos los meses a revisar los cobros de mi tarjeta de crédito antes de pagar el monto completo, para evitarme depredantes cargos por intereses. Todo iba bien hasta que, como mencionan los que han tenido experiencias cercanas a la muerte, vi pasar mi vida entera en fracciones de segundo al notar un cobro inusualmente alto en el reporte. ¡Por supuesto que solo es una expresión dramática! pero no era posible que la cuenta por la cena de hace un mes, en un humilde restaurante de comida típica de San Rafael de Coronado, ascendiera a ¢63,800 si tan solo pedí una sopa de pollo (que por cierto estaba deliciosa) con su respectiva orden de arroz y un fresco de cas.

Recordé que, como es usual últimamente, había pedido un segundo plato, pero era obvio que aún así no daban los números. Fui a buscar el voucher o comprobante en el cajón de los papeles, y para mi triste sorpresa en efecto lo había firmado por ese monto. Al día siguiente llamé al emisor de la tarjeta para explicar la situación. Después de contar la historia varias veces a personas distintas, me dijeron que no había ningún procedimiento administrativo que pudiera seguir; la firma da por aceptado el monto de cobro. La única opción era hablar con el restaurante para ver si, a pura buena voluntad quisieran devolverme la diferencia.

Varios días después, con ánimo desganado y una pesadez de escepticismo, me fui a hablar con el encargado del restaurante. Era el mismo señor que un mes antes, además de ser mesero, administraba la caja. Por los cómodos precios del lugar, muy posiblemente una venta única con ese monto era algo que sucedía poco. De hecho, no tuve que explicarle dos veces. Al ver el comprobante de cobro le fue evidente que digitó un cero más en la maquinita.

De inmediato el señor se deshizo en disculpas y gestos de pena y vergüenza. Tenía la opción de llenarse de excusas, de escudarse en que yo también me equivoqué por firmar el voucher, o incluso argumentar artificios contables para mostrarme que el dinero ya no se podía devolver. Podía haber tratado de negociar conmigo para dividir las responsabilidades y así devolverme solo una parte del dinero. Pero no, su propio sentido de justicia no se lo permitió. De forma evidentemente natural, sin pelear consigo mismo, decidió hacer lo correcto. Me dio la mano en señal de disculpa y me pidió que le diera 15 días para completar una buchaquita.

El jueves pasado me llamó al celular para que no me olvidara de pasar este fin de semana. La noche que llegué era fin de mes, y aún así había poco trabajo, solo una mesa ocupada de las 10 que tiene. No me aceptó que pagara la cena de esa noche, se sentó conmigo a contarme varias historias de su vida, y me dio el dinero completo.

Aunque la realidad de las noticias y los periódicos nos incrustan una daga de negativismo por los ojos, todavía hay muchas historias de gente que no ve a los demás como un medio, historias de gente buena, con un correcto sentido de justicia.

De mi parte cada vez que pueda me iré a comer una sopita de pollo, o un picadillo de papa, o unos gallitos de salchichón allá a “La Choza de Ñor Lalo” en San Rafael de Coronado. Y si ustedes van, no pregunten por don Lalo, pregunten por don Pedro Montoya, quien es el dueño desde hace 12 años.
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martes, 28 de junio de 2011

Negro o con leche?


Era un sábado por la mañana, con las mismas señas que cualquier otro sábado: se respira un aire mucho menos denso, la gente camina con ademanes más redondeados, se tolera un poco más el rojo del semáforo, y hay más ojos que se detienen en otros ojos. De hecho si la semana fuera un viaje en bicicleta, el sábado por la mañana sería un altiplano con sol y buena brisa.

Mis sábados son de hacer mandados desde temprano (aunque no debería de llamarlos “mandados” porque nadie me manda a hacerlos, yo los hago porque quiero :) ), y éste en particular no era excepción. Sustituí el Gel, cuya marca no recuerdo, por mi gorra azul de Hard Rock, y a la calle. Como era de esperar, 8 horas de sueño continuo me provocó una codicia digestiva solo tipificada por Dante, así que pasé primero a la misma cafetería de todos los sábados por la mañana.

Aunque el mesero me lo negó, era obvio que había un cambio de administración. La señora gordita que atiende no está (dicen que anda de visita en Nicaragua), y la mesa de la esquina ya no parece exclusiva para que la dueña del lugar lea La Nación. Como el nuevo mesero me indica que no hay jugo de naranja (otra sospecha del cambio de administración), me ofrece café, y con un gesto un poco despistado le digo que si, aunque no es mi costumbre tomarlo.

Mientras espero, me es difícil ignorar que ahora tienen “música ambiente”, aunque el calificativo de música definitivamente no cabe, así que trato de distraerme respondiendo algunos mensajes de texto. Como mi celular no tilda, me da una cierta risa interna al percatarme que los textos que estoy enviando tienen una caligrafía que le calza perfecto a la “música” de fondo.

Cuando me traen el café veo que viene negro. Le pido que me lo cambie por uno con leche, y el muchacho se acongoja y se disculpa por no haberme preguntado si negro o con leche, y yo, con un aire muy propio, me disculpo pues tampoco se lo mencioné.

Fue un evento tan simple y cotidiano como ponerse una media al revés, pero evidencia esa mala costumbre que tenemos algunos de asumir que es responsabilidad de los demás tener claras nuestras propias expectativas y saber lo que pensamos. De alguna manera creemos que hablar un mismo idioma es condición suficiente; o peor aún, asumimos que tener una misma meta, pertenecer a la misma familia, trabajar en el mismo departamento, o incluso ser pareja, ya habilita a la otra persona para adivinar nuestros pensamientos.

¿Y qué decir de los sentimientos? Somos poco entrenados en comunicarlos, y tras de eso tenemos la arrogancia de pensar que siempre es claro a los demás cómo nos sentimos o qué sentimos. Creemos que nuestros gestos o miradas son auto explicativos, y por eso nos hemos perdido de algunas conexiones emocionales significativas. Cuántos niños o parejas andan en sillas de ruedas emocionales porque alguien nunca dijo: “lo estás haciendo bien”, “estoy orgulloso de ti”, “te amo”, “eres importante para mí”.

Así que la próxima vez que hable con alguien importante en su vida, no olvide tomar tiempo para preguntarle y que le pregunten:
“¿Negro o con leche?”

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viernes, 10 de junio de 2011

Anecdótico


El día que me dijo que tenía que operarme, la doctora me advirtió que por la condiciones del caso, el pronóstico no era muy favorable, incluso me mencionó de algunos posibles tratamientos post-operatorios bastante radicales. Me dijo que era poco probable que me fuera a morir por eso, pero que se iban a generar cambios fuertes en mi vida y en algunas de mis expectativas.

Por supuesto que una semana después de la cirugía ya había ido donde la doctora para evaluar cómo iba cerrando la herida, y además ver el resultado de patología, que gracias a Dios fue benigno. Fue una cita rápida, donde me dijeron que todo salió bien, que no tenía de qué preocuparme, y ni siquiera seguir un tratamiento más que el cuidado propio de la herida.

Esta semana tuve una cita de seguimiento, tres meses después de la operación. Los nuevos exámenes mostraban que todo estaba en los niveles adecuados. Como no había mucho que revisar, la doctora se extendió en el análisis de los resultados de todo el proceso, y utilizó una frase que transcribo literalmente: “No sé si usted entiende la dimensión, pero su caso es anecdótico, es un caso de estudio”. Esto pues, según su experiencia y las estadísticas en la literatura médica, una aplastante mayoría de los casos similares (~97%) son negativos para el paciente.

Deben de haber miles de cirugías diarias en el mundo, pero para cada paciente se está interviniendo su propio mundo. Para mí fue una experiencia intensa. Pasé por ansiedad, tristeza, reclamo, fe, confianza, y reposo emocional. Choqué contra una realidad que no podía cambiar, realidad que al inicio percibí injusta, pero que tuve que asumir con el único recurso que me trasciende a mi mismo, la fe. Es un evento que te hace cuestionar tus valores y sobre qué material estás parado frente a la vida. Le pedí a Dios que no me soltada de la mano, y pude ver su brazo rodeándome en todo el proceso y haciendo un milagro.

No quiero implicar, equívocamente, que si los resultados hubiesen sido negativos era porque Dios no me estaba acompañando. Él siempre va a estar al lado de quien le pide ayuda. En este caso el quiso hacer un milagro, en otros momentos nos llevará por un camino más largo, pero su favor no se va a apartar de quienes le buscan.
Si ponemos nuestra fe y confianza en Dios, y tomamos su mano para que nos guíe por esos segmentos del camino que nos toca cruzar de noche, y aún en los trayectos de día, donde creemos controlar todas las variables, vamos a tener sin duda una vida anecdótica.

La vida es una aventura, y no me quiero perder ninguna de las historias por las que Dios me quiere llevar, porque todos mis milagros están guardados en Él.

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martes, 7 de junio de 2011

Globofobia


La semana pasada fui a una reunión donde a cada participante se le ponía un globo pequeño colgado de su muñeca, para usarlo en una dinámica posterior. Ya iniciada la reunión, y mientras seguía llegando gente, noté que una amiga se devolvió de prisa y asustada, rehusándose a entrar. Me acerqué para ver si pasaba algo donde podía ayudar, y su otra amiga me digo: “es que le dan miedo los globos”.

Nunca había escuchado algo así, de modo que busqué en internet, y en efecto, se llama “Globofobia”. Es una fobia real y documentada por los especialistas. Sin embargo al ser poco común podemos caer en la tentación de estigmatizar y hacer chiste de quien la tiene, como cruel ejercicio de nuestra naturaleza humana. La verdad es que si observamos un poquito más, nos damos cuenta que una enorme cantidad de nosotros andamos por allí con una fobia similar.

Veamos. La fobia a los globos, aunque puede tener causas múltiples y asociaciones complejas, se debe generalmente al temor de que el globo se estalle, con su estridencia característica, generando una ansiedad incontrolada. (¡Wow, eso me salió tipo definición médica!)

Es cierto, los globos estallan en casi todas las fiestas, sin embargo esa no es la naturaleza o el propósito de los globos. Para qué son? Pues para celebrar, para divertir, para decorar, para alegrar la vista con sus simpáticos colores y formas. Los encontramos en fiestas, bodas, graduaciones, bautizos, cumpleaños, y otro montón de celebraciones que nos evocan alegría, fiesta, logro.

Es aquí donde llegamos al punto de inflexión. He encontrado no pocas personas, incluyendo el chavalo del espejo, que a veces le andamos con miedo a los globos que nos da la vida: las oportunidades, un negocio, un nuevo trabajo, formar un hogar, tener un hijo, la ocasión de volverse a enamorar, iniciar otra carrera, comprar casa propia, desarrollar ese pasatiempo apasionante, etc. Parece que nos da miedo soñar, ilusionarnos, vernos reposicionados, vencer nuestros propios límites, quebrar las fronteras autoimpuestas. Nos atemoriza que el globo se reviente, que no podamos sostenerlo en el tiempo. Nos da pavor que un filo agudo de la realidad lo desaparezca, que no nos alcance el entusiasmo, las fuerzas, o los recursos materiales y emocionales para cuidarlo sin que explote.

Algunos otros, ridículamente más osados, nos atrevemos un poco y tomamos con duda el globo en nuestras manos, pero por el susto insidioso de que estalle no lo disfrutamos, no le tomamos el gusto, no le dibujamos una mueca que nos haga reír. Nos perdemos la magia de verlo suspendido en el aire al tirarlo hacia arriba, flotando en una cadencia única, desafiando las lógicas de Newton. Nos perdemos de fantasear que somos el payaso del circo que puede hacer mil piruetas en sincronía perfecta con la caída del globo. En fin, nos perdemos de vivir.

Me imagino lo triste que debe ser perderse una fiesta por temor a los globos, pero más triste aún perderse la vida por miedo a las oportunidades.

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domingo, 29 de mayo de 2011

Ciclos de Luna


“Luna, Lunita, no sé cuántos poetas te han amado con sus palabras, ni cuántos trovadores han fundido por ti su voz en las cuerdas de sus guitarras, pero han de haber sido tantos, que no dudo que algunos hayan logrado enamorarte. Y tú, con la mirada solitaria, te has quedado deseando haber nacido mujer, en vez de Luna.”

El tiempo se mecía en los últimos acordes de la tarde. Él venía, como de costumbre, viendo hacia abajo, no porque estaba triste, sino sumergido en sus sueños de héroe del futbol. Mientras caminaba su mirada recorría los dos metros de suelo inmediato para ubicar alguna piedra, que su imaginación transformaría en una bola profesional. Al patearla se pensaba en diferentes ángulos anotando el gol del triunfo, mientras multitudes coreaban su nombre, y en el alboroto de las graderías lo esperaba su papá para abrazarlo enloquecido y decirle las palabras mágicas: “me siento orgulloso de ti”. Esa era una frase que siempre le había provocado una bestial explosión de burbujas de colores en el corazón. Sus zapatos de tercer grado, con apenas cuatro meses de uso, ya dejaban ver que el encuentro con las piedras era algo más que habitual.

Faltarían unos doscientos metros para llegar a su casa cuando la noche decidió soplar la última vela de la tarde, y como él no disfrutaba la oscuridad, decidió correr ese pequeño trecho. Se entretuvo unos segundos con un par de luciérnagas que iban en su misma dirección, y por un momento añoró que fueran los ojos de su madre para cuidarlo en el camino. Al ver su juguetona intermitencia, tan luminosa y tan nítida, notó que se deslizaba en una noche sin luna. En los cien metros que a ese momento le quedaban de camino no pudo pensar en otra cosa que en la ausencia de la luna, quizá porque le hizo eco a la pregunta que la maestra había dejado de tarea.

Al llegar a casa, su papá lo esperaba como casi siempre, sentado en el corredor, escuchando alguna emisora de noticias que a él le parecía aburrida y que por alguna razón hacía la noche aún más oscura. Como de costumbre su papá lo abrazó como si fuera el único hijo, y lo besó en la frente al tiempo que le agarraba las orejas con un dejo de ternura y otro de majadería, pues le causaba mucha gracia saber que a su hijo eso no le gustaba.

Luego de tomar café, no tanto de la taza en sí como del pan con mantequilla que le encantaba mojar, se secó las manos con el limpión de la mesa, y trajo de prisa el cuaderno de tareas y el libro de ciencias. La prisa no era porque quería estudiar, sino para aprovechar que su papá aún seguía en la mesa. Buscó la página que dijo la maestra y empezó a leer. No pasaron tres minutos antes que su papá lo notara distraído, como recordando las luciérnagas del camino o quizá fueran los ojos de su madre, así que lo interrumpió preguntándole de que trataba la tarea. Le contestó que tenía que explicar por qué algunas noches había luna y otras noches no. Su padre se quedó en silencio un poquito, casi el mismo tiempo que tardó en caminar de la mesa al corredor. Desde allí lo llamó y le dijo: “Vení, que te voy a contar por qué a veces hay luna y a veces no”.

Dejó el cuaderno en la mesa, consciente de que era un momento solo para escuchar, al fin y al cabo los martes no era día de televisión, así que no había más que hacer tareas, aprender trucos con el naipe, armar el rompecabezas, leer, o escuchar historias. Se sentó a menos de un brazo de distancia de su papá, como una invitación tácita a que le acariciara la cabeza mientras le hablaba, y en efecto así empezó a contarle:

“Dicen los abuelos que muchos, pero muchos años atrás la luna adornaba cada noche del mundo. No se concebía noche sin luna. Cada charco, cada lago, cada ojo se bañaba toda noche de su luz. Era como el día con el sol; la pareja irrevocable de cada noche era la luna.

Por aquel mismo tiempo, en un pueblo pequeño, de esos donde el día se descobija a las cuatro de la mañana, había un trovador a quien le gustaba salir al campo por las noches con su guitarra y su perro, a cantar con el coro disparatado de grillos y chicharras. Se decía que su voz era tan bella que se le anudaba a la gente en los sentidos.

Aunque el trovador era ciego, no siempre lo fue. Sus padres le explicaron que sin razón aparente perdió la vista a los dos años, así que él no siempre estaba seguro de si las imágenes en su mente eran inventos propios, o eran fotos grabadas para siempre en su cerebro de cuando tuvo vista.

Un buen día, o mejor dicho, una buena noche, el trovador terminó de cantar algo que hablaba de la lluvia, y quizá por el tema o por el sonido del río que estaba cerca, se le antojó tomar un poco de agua. Así que se acercó a la orilla del río y metió su mano exactamente en el punto donde el agua reflejaba la luna. Bebió tres sorbos, quizá cuatro, ¡y de repente por gracia de Dios empezó a ver de nuevo! Al principio pensó que el agua había acelerado su imaginación, pero cuando notó como vibraba el reflejo de la luna en la corriente del río, cayó en cuenta de su milagro. ¿Un milagro de agua? ¿Un milagro de luna? Eso no importaba, al fin era un milagro de Dios que las creó a las dos.

Quería verlo todo, y en efecto, parecía tener dos años nuevamente por la forma en que tomaba los objetos para conocerlos, uno a uno y todos juntos. Por muchos días tenía la mirada insaciable. No le bastaba cada espacio de su casa, cada rincón del pueblo, no le bastaba toda la gente del mundo, quería ver más y conocer más; pero en las noches, el objeto que se recostaba por horas y horas en su retina era la luna. Cada noche era lo mismo, la contemplaba como asegurándose que si perdía la vista nuevamente lo que nunca olvidaría era su luna. “Su luna”, porque así empezó a llamarla: “mi luna”.

No le era suficiente con mirarla, empezó a hacerle canciones y poemas, y esperaba cada noche a estar solo con ella para cantárselas, como si con las palabras pudiera construir un puente entre los dos, que acortara la distancia; como si con la música pudiera acariciarla; como si las métricas y rimas fueran labios semiabiertos en sus labios.

No pasó mucho tiempo para que la luna lo notara. De hecho las gentes de otros pueblos empezaron a ver que la luna brillaba diferente en aquel pueblo, al que empezaron a llamar “El pueblo del trovador y la luna”.

¡Cómo luchó la luna para no enamorarse! Pero después de algún tiempo, hijo mío, ya no pudo más. Su frialdad de astro se fue derritiendo, y su núcleo de roca se fue fundiendo hasta quedar traspasada de amor; algo que ella nunca había sentido. Se descubrió viva, chispeante, y más bella que cualquier constelación.

Como de costumbre, el enamoramiento trajo consigo una cuota de sufrimiento. La luna se dio cuenta que en su condición de satélite jamás podría besar al trovador más que con su luz distante, nunca podría meter los dedos entre su cabello, ni sentir el pulso galopando por sus manos. De repente se vio atrapada en una tristeza honda, y sus lágrimas se hicieron parte permanente del paisaje de la noche. Dicen que las manchas que aún hoy se le ven, fueron precisamente los surcos de sus lágrimas.

Fue allí cuando tuvo que ir a hablar con Dios. Le explicó la situación, como si Dios no la conociera, y le pidió con insistencia que tuviera la gracia de convertirla en mujer, pues ya no quería ser más luna. Razonaron un rato. Dios le explicó que su existencia tenía un rol importante en el universo, además de que ella era una de las estrategias poéticas con las que Dios seducía al ser humano, a pensar en Él como Creador, pero la luna seguía en su ruego de ser mujer, de modo que llegaron al acuerdo de pensarlo un tiempo y volverlo a hablar.

Al cabo de días de espera tocaron el tema una vez más. Dios escuchó el corazón de la luna y vio que su enamoramiento se había convertido en amor, y el amor en sí mismo era una sinrazón suficiente. Eso fue lo que convenció a Dios. Decidió entonces que algunos días del mes la luna cumpliera con su rol de astro, y los otros días se convirtiera en mujer.

Es así hijo mío, como Dios hizo los ciclos de la luna, de modo que en las noches como esta, cuando no se ve en el cielo, es por que anda por allí en forma de mujer, de la mano de algún trovador que le cante enamorado.”

Al día siguiente, al regresar el niño de la escuela, y estar tomando una vez más café con su padre, éste le preguntó cómo le había ido con la tarea de los ciclos de la luna. Él fue a traer el cuaderno, se lo enseñó a su padre y le comentó: “la maestra me puso un cero pues esto no era lo que decía el libro de ciencias, ¡pero el profesor de música me puso un cien! Dijo que con esta historia se podían hacer muchas canciones; y hasta me pareció escucharlo murmurar que la maestra era su luna.”

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domingo, 10 de abril de 2011

Poemas olvidados en algún espacio de mi computador #8


Acariciarte
(La verdad nunca me habitan más palabras que cuando te pienso)

Pero te decía
que quiero acariciarte,
y es que con solo tocarte
mis manos se vuelven pájaros,
pájaros de alas grandes,
que vuelan descansados
en el aire ligero
de tu piel distendida.
Pájaros que migran,
en jugueteos precisos,
de un extremo al otro
de tu cuerpo abierto.

Mis manos se hacen arados
y mis besos semillas,
y cada surco que abro
lo empapo de palabras,
y dejo que se nutra
de silencios y tiempo.
Le acerco despacito
algún susurro con eco
que abone los espacios
donde irán las raíces,
y espero intencionado
germinar en tus labios.

Mis manos se hacen compases
y tus poros notas,
y en la métrica habitual
de quien entrega el alma,
se van acomodando
en sinuosa cadencia,
conforme se desplaza
por tus fibras mi palma.
Hacemos, en un canon,
fraseos sobrepuestos
que hipnotizan el blando
oído de mi tacto.

Mis manos se hacen lunas
gravitando en tu cuerpo,
lunas que giran lento
en órbitas difusas,
se acercan y se alejan
provocando mareas,
proyectando su magia
en tonos claroscuros.
Lunas que te dibujan
el contorno perfecto,
despejando las sombras
de cuando no te tengo.
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