Llueve
La lluvia empezó a caer
y ellos no se movieron,
- como un allegro de Mozart - se tupió
y ellos ni se inmutaron,
arreció,
como parida por el eco antiguo de Noé
pero no se inquietaron.
Son un remedo mío,
solo estatuas
La última
vez que toda Costa Rica estaba despierta a las 5 am fue por algún temblor de
cuyo epicentro no quiero acordarme. Sin
embargo esta semana la ocasión fue más feliz: ver a Keylor Navas en el olimpo
del fútbol mundial. No queríamos
perdernos detalle de la presentación, escuchar lo que decían de él, ver cómo
respondía las preguntas de la prensa, verlo lucir el uniforme oficial, y hasta desperezarnos
los ojos con el brillo de su esposa.
Cuando el
niño preguntó sobre la pesadilla que esa noche tuvo el papá, su madre le
respondió: “Uno no puede elegir los sueños que tiene. Son los sueños los que eligen a las personas”. La conversación sucede entre los personajes
de un exquisitamente delirante libro de Saramago, y como puede notarse
referencian expresamente la materia onírica, es decir, las imágenes que vivimos
mientras dormimos.
La frustración
de José debió haberse desbordado en lágrimas, temor, ruegos y preguntas. Los dolores de su esposa se agitaban en
ciclos más cortos y punzantes. Ella, joven,
primeriza, inexperta, no quería angustiarlo más, pero su ropa no podía esconder
que la fuente ya se había roto. Alguien
había llegado primero que ellos a cada lugar digno para resguardarse y tener a
su bebé. Ni la hostilidad ni la noche hicieron
tregua. Una partera improvisada espanta a
los animales hacia otro abrevadero, mientras recuesta a María, sudorosa, dispuesta,
entre el heno del ganado. Urge a José a
conseguir agua limpia, y entre bramidos y berridos, la virgen escogida dio a
luz al niño prometido por la eternidad. No
fue una alineación de planetas, fue el corazón de Dios alineado al corazón de
los hombres. El amor de Dios escogió el
lugar menos apto para nacer, por eso tenemos esperanza.