Niños
pobres hay en todo el mundo. Los he
visto, como estampas ajadas, en las ciudades más famosas y también en las villas
sin nombre. Es difícil definir si he
llegado al punto de indiferencia, lo que sí es un hecho es que me he
acostumbrado a ellos, a fuerza de tantas veces que se han acercado a venderme “Chicles”
en un semáforo en rojo, o flores en un restaurante. Sin embargo hubo tres niños, en un viaje reciente
a Ruanda, que me obligaron a sacudirme la costumbre, para verlos directamente a
los ojos, o quizá es mejor decir, para encontrarnos mutuamente en la sed de
nuestras miradas.
Hoy solo voy
a escribir de uno de ellos. Se llama
Beyonce (así como lo lee). De unos 3 o 4
años, con ojos preguntones y cachetes grandes.
Curioso por el ruido que hacíamos o por la bola de futbol, se acercó respetando
una distancia prudencial, quizá porque los niños que jugaban conmigo eran mucho
más grandes que él, de entre 8 y 12 años.
Cuando le tiré la bola tomó confianza, no para meterse a jugar con
nosotros, pero si para acercarse junto a una de las piedras que marcaba la
cancha improvisada que hicimos bajo algunos árboles y al lado de la clínica
donde el equipo médico daba consulta.
Lo demás
fue una marea de correteos, risas y piruetas, que terminó con Beyonce y otros dos
intrusos pequeños, atrapados uno a uno en el columpio de mis brazos, balanceándose
en turnos descompasados, que a mí me dejaron exhausto, pero con la fuerza
fresca, y a ellos con una chispa de alegría garabateada en sus ojos, como si
supieran que más que subirse en mis brazos, se me habían subido al corazón.
Aprendí que
aun en ambientes adversos, los niños pequeños tienen intacta la esperanza,
y mientras lo escribo pienso que quizá esa fue la razón por la que el maestro
dijera que debemos ser como niños.
www.peterparedes.blogspot.com
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