Los niños hacían una trabajosa
fila que cada 5 minutos fracasaba en su forma y propósito. Empujones, bromas, carcajadas, coladas, y amagos
de pelea; los güilas (como les decimos en Guadalupe) son igual de inquietos en
cualquier parte del mundo, como igual de posesivos nosotros, los hombres. Mi tarea de esa tarde era bastante fácil:
repartir cuadernos y lapiceros. La
cantidad que debía darle a cada niño era variable, nunca supe qué la
determinaba; al principio parecía ser el grado escolar del niño, pero luego más
bien algún criterio aleatorio del maestro que estaba conmigo.
Dentro del mar de
niños agrupados alrededor de las cajas de cuadernos en varios puntos de la
escuela, a mí me asignaron al grupo de los que llaman “Dream Boys”. Son niños rescatados de las calles de Kigali,
capital de Ruanda, y patrocinados por donadores independientes para estudiar en
las escuelas fundadas por la organización Africa New Life. Cuando pregunté por qué les llaman los “Dream
boys” la respuesta se hundió con su descarnado filo metálico en la corteza flaca
de mi tan diferente realidad: “eran
niños sin sueños, pero ahora pueden soñar”.
Ahora los enlaza una familia grande y el nuevo suceso de recibir comida,
cobija, cariño, valores, y educación, que de alguna manera les pone una hoja en
blanco en una mano, y en la otra lápices de colores para que dibujen el futuro
que les fue robado.
En la hora y media que
tardó la actividad, pese al alboroto y las travesuras, siempre hubo un niño en
silencio. Era un niño triste. Aislado pero a la vez en medio de todos los
demás, como si lo envolviera un plástico difuso y melancólico que lo hacía
inalcanzable al ruido y al tacto de los otros niños. Sentado en el zacate, con la mirada en el
suelo, como si la ley de la gravedad pesara el doble en sus ojos. Esperando pasivo a que el maestro lo llamara
a la fila. Nadie se acercaba a bromearle
ni a jugar con él. Nadie fue a pedirle
que le enseñara los cuadernos, ni a mostrarle los suyos. Como si los demás niños no quisieran
contagiarse de algún recuerdo de manos anchas que a él lo tenía anudado de
adentro hacia afuera.
Ya sin más cuadernos
que repartir, le pedí a un traductor que nos acercáramos a hablarle. Sus brazos y sus piernas mostraban una
cicatriz extensa, de las rodillas a los pies y de los codos a las manos. Su voz leve se derretía al instante de tocar el
aire y era como si arrastrara una petición de perdón en sus palabras. Le pregunté la edad, en qué grado estaba,
cómo le iba en la escuela, y algunas otras cosas simples, tratando de agujerear
su silencio.
Cuando le pregunté
su nombre levantó su carita y dijo:
“Je t’aime”. Tardé unos segundos para que
mi cerebro se enterara que su nombre era “Yo te amo” en francés (esto por la
influencia Belga en Ruanda), y otros segundos más en juntar del suelo algunos
pedazos de mí que se cayeron ante el golpe y el peso de su nombre pronunciado
por un niño.
Sé que se requiere más
que eso, pero estoy seguro que cada vez que alguien llame a ese niño por su
nombre, serán para él palabras que lo ayuden a deshacer los nudos y sanar por
dentro.
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