lunes, 2 de enero de 2017

Otro año sin cumplir mis Propósitos...

Esta es la época donde la mayoría de nosotros sale con su propia lista de propósitos que queremos cumplir en el nuevo año.  Pero no es secreto que ya por la quita semana del año muchos de los propósitos se quedaron perdidos en el camino.

Para evitar que eso suceda, en mi criterio hay cuatro elementos básicos para lograr que un propósito se sostenga en el tiempo.  Se los digo y luego le pongo un ejemplo (Bajar 20 kg de peso):

1. Debe dividirse en acciones claras y específicas
2. Cada acción debe estar calendarizada en la agenda semanal
3. A cada acción se le asignan los recursos materiales o económicos que requiere
4. Se debe establecer un compromiso y seguimiento con alguien más

Veamos el ejemplo:

Propósito: Bajar 20 kg de peso durante este 2017
1. Lo primero que tenemos que hacer es quebrar ese propósito en acciones puntuales:
a. Una visita mensual al nutricionista
b. Tres sesiones de ejercicio semanal de 1 hora cada sesión
c. Llevar un curso de comida saludable en YouTube

2. Las acciones definidas no se hacen solas, entonces debemos designarles un espacio propio, regular, y disciplinado en nuestra agenda mensual.  Así, el ejemplo sería:
a. Cita con el nutricionista: El primer sábado de cada mes, de 9 am a 10 am.
b. Salir a caminar los Martes y Jueves de 6 pm a 7 pm, y los Sábados de 7 am a 8 am.
c. Sentarme a aprender de cocina saludable en los canales de YouTube los Lunes de 6 pm a 7 pm.

3. Algunas de las acciones van a ocupar recursos, por ejemplo:
a. Separar c25,000 mensuales para el pago del nutricionista
b. Si no tengo zapatos tenis, pues ahorrar c10,000 mensuales hasta tener el dinero para comparme las tenis que necesito
c. Ver un curso en YouTube no tiene costo, más que la conexión a internet

4. Muchos de nosotros necesitamos de alguna otra persona que nos apoye, motive, o incluso simplemente alguien a quien le contemos cada ciento tiempo cómo va nuestra meta de bajar 20 kg.  Puede ser un amigo(a), un familiar, o incluso el nutricionista.

¿Qué otros elementos cree ud que sean necesarios para no llegar al fin de año con la triste frase: "Otro año sin cumplir mis propósitos"?

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domingo, 13 de noviembre de 2016

¿Sabe cuántas personas en el mundo llevan su mismo nombre?

Los expertos dicen que somos aproximadamente siete mil millones de personas actualmente en el mundo (7,000,000,000), y calculan que a través de la historia han vivido otras ciento siete mil millones (107,000,000,000), para un total de ciento catorce mil millones (114,000,000,000) de gentes que han pasado por este planeta.

¿Se imagina la cantidad de nombres repetidos? ¿Se imagina la cantidad de personas que a través de los siglos han llevado o llevan en este momento su mismo nombre? Posiblemente se cuentan por decenas de miles...  Martas, Lorenas, Rodolfos, Edgardos, Lucianos, Federicos, Guiselles, etc. Sin embargo me encanta pensar que Dios tiene un nombre único para cada persona, no sé si incluso en una fonética o un alfabeto diferente, pero al fin y al cabo un nombre exclusivo, irrepetible, intencionado y vinculado a un propósito particular.  

Dentro de mis laberintos mentales también me gusta pensar que las personas que han empujado hacia adelante al mundo, esos que podríamos llamar los iluminados, me refieron a las Madres Teresa, los Pablos de Tarso, los Martin Luther Kings, los Mozarts, los Joseph Listers, los Bachs, los Nerudas, los Mandelas, etc, fueron personas a las que de alguna manera Dios les desveló el nombre único que Él tenía para ellos.  Quizá uno o dos de ellos lo escucharon directamente en sus oídos, pero a la inmensa mayoría le fue revelado escrito en las caras de las personas que formaban su mundo inmediato.  Lo percibieron allí, en las necesidades, en el sufrimiento, en el hambre y el dolor de la gente que los rodeaba.  Eso les dio la fuerza y el temple para ser surco, agua, y semilla.  Su nombre les cambió la historia, y con ella la historia de su entorno.  Se convirtieron en seres humanos inquietos, acometidos, e inconformes.  Capaces de desafiarse a sí mismos y aceptar el reto que les planteaba el significado de su nuevo nombre.  


Si usted ha leído esto, hay una muy alta probabilidad de que usted esté vivo :) , y eso es un claro indicador de que su tiempo no se ha acabado.  No se ha hecho tarde para descubrir el nombre exclusivo que Dios le ha dado. Muchos lo han encontrado sosteniendo a un hijo con necesidades especiales. Otros lo descubrieron ayudando a salir adelante a gente que ha sufrido las mismas experiencias traumáticas que ellos.  Otros proponiendo leyes más justas para los ciudadanos.  Otros donando horas es un hospital.  Algunos adoptando un niño.  


Aún está por verse cómo usted y yo descubrimos nuestro nombre.  Un buen lugar para empezar a buscar es observando con cuidado el rostro de la gente de nuestro entorno.


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domingo, 23 de octubre de 2016

Ejercicio Colectivo

Un solo minuto expuesto a cualquier edición de noticias es suficiente para helarnos del susto.  Los accidentes de esta semana, más el desfile habitual de desastres naturales, guerras, pandillas, homicidios, drogas, asaltos, etc.  Es fácil terminar sin uñas, que se nos drene la esperanza, y una estorbosa sombra de negativismo nos empañe la vista.

La solución no es necesariamente que nos ocultemos de las noticias, de todos modos en un mundo tan conectado, es virtualmente imposible pasar desapercibido.

La solución la puede encontrar en el espejo.  Si, la solución para potenciar la esperanza es usted, y cómo nutre la vida, su entorno inmediato, y a las personas que están en la extensión de sus brazos.  Yo propongo (aunque en verdad la palabra “proponer” me queda gigante, porque ya muchos otros lo han dicho y tantos más lo están haciendo) que en este mundo escaso de solidaridad, compasión, respeto, y ternura (amor en una palabra) ¡los generemos nosotros mismos!  Sí, nosotros que hemos sido bendecidos con el amor de otros, con las oportunidades, el conocimiento, los recursos, y el trabajo.  ¿Fácil? Para nada.  ¿Gratis? No necesariamente.  ¿Sin esfuerzo? De ninguna manera.

¿Y cómo lo vamos a hacer?  Le voy a sugerir una lista de acciones.  La idea es escoger una acción intencionada cada día y aplicarla al menos una vez durante ese día.  Siéntase libre para agregar todas las que su creatividad y experiencia le traigan, y por supuesto compártamelas para hacer de esto un ejercicio colectivo.  No espere a sentirse completamente confortable con todas las acciones, recuerde que lo que nos implica un esfuerzo no siempre se sentirá natural.  La bondad es un músculo que solo crece si se le exige.

Aquí la lista:
  • Sostener la puerta para que otra persona pase primero
  • Prepararle sin razón el desayuno a un familiar (las mamás lo hacen todos los días)
  • Comprarle un café a un desconocido
  • Preparar un sándwich y un jugo para una persona que anda pidiendo en la calle
  • Pagar la cuenta de otra mesa en el restaurante (No olvide también pagar su propia mesa)
  • Ofrecer una mañana de un sábado a una organización de beneficencia
  • Hacer alguna parte del oficio de la casa que esté fuera de los oficios que usted le corresponden
  • Cederle el mejor trozo de carne o pollo (o si usted es vegetariano, pues los mejores vegetales) a otra persona en su mesa familiar
  • Ceder el asiento del bus
  • Escuchar a alguien prestándole toda su atención (no mientras ve el tele o el celular)
  • Llamar por teléfono, o aún mejor visitar, a alguien que hace mucho no ve (quizá un abuelito, un tío, tus papás)
  • Dar una tarjeta de agradecimiento a algún compañero de trabajo, su jefe, un amigo, o un familiar
  • Dar unas palabras de ánimo a alguien que está triste o pasando por un mal momento (pueden ser incluso por escrito)
  • Resaltar, en cualquier conversación, algo positivo o bonito de la otra persona, de su apariencia, de sus logros, de su actitud
  • Preparar algo de comer que pueda llevar sin motivo a sus compañeros de la universidad o el trabajo, puede ser un postre o algo para el café de la tarde
  • En lugar de aparcar su carro en ese excelente espacio de parqueo, cédalo a un desconocido.  Quizá lo necesite más
  • Ceder el derecho de vía, con buena actitud, a un desconocido
  • Llevar un diario a una familia que lo necesita
  • Sentarse a almorzar con ese compañero de trabajo o universidad que normalmente se sienta solo
  •  Dedicar tiempo y paciencia a esa persona que normalmente lo/la saca de sus casillas
  • Ir a un hospital a la hora de la visita y ponerse a hablar con algún paciente que no recibió visita
  • Hablar con bondad a esa persona con la que siempre tiene una comunicación cortante
  • Pedir perdón abiertamente y sin poner excusas por ese mal entendido que ya tiene tiempo de estar allí
  • Llevar un almuerzo o cena a algún ancianito o enfermo que viva solo
  • Dar un buen abrazo a un familiar o amigo cercano y decirle cuánto lo ama
  • Cuando vaya a responder con tono irónico o sarcástico, cierre la boca y responda con buena actitud
  • Ofrecer ayuda a ese compañero que usted sabe que tiene una tarea o trabajo atrasado
  • Ofrecerse a hacer algunas sesiones de ejercicio con ese compañero que está tratando pero que le cuesta tener la disciplina (Si utilliza esto para ligar, empieze a leer de nuevo desde el principio)
  • Ponerse de acuerdo y pasar a traer a ese ancianito que siempre llega solo a la iglesia.  Quizá incluso puede hacer un horario para rotar esa buena acción con sus amigos
  • Darle una palabras de estímulo a algún compañero, familiar o amigo que esté haciendo las cosas bien
  • Compartir esta lista con sus amigos y familiares para que la bondad se multiplique

Recuerde que los pitazos o madrazos en las calles, los resentimientos, las malas caras, las malas actitudes, el cocinar el pastel solo para nosotros mismos, jamás le ha sacado cosquillas a la vida.  Eso solo se logra desprendiéndonos del interés propio y asignándole mayor valor a los demás que a nosotros mismos.  Espero que me cuente cómo le va.  No olvide que si usted está leyendo esto es porque de fijo la vida le ha dado al menos un puñado de semillas para sembrar.


domingo, 4 de septiembre de 2016

Sin Respuestas

El invierno en su cabello le daba más peso a la frase, ya de por sí profunda, que soltara en mitad de la conversación.  El barítono de su voz le puso un aire de sentencia implacable, sublime como un epitafio, e inmutable como el punto final de un libro: "Es que cuando tenemos veinte años, creemos haber encontrado todas las respuestas".

Mientras la frase se desbordaba de la mesa, expandiéndose por el lugar como el aroma de las tazas de café, yo ya no pude escuchar nada más.  Los que seguían hablando alrededor parecían solo mover sus labios sin emitir sonido.

¡Qué cierto! – me dije.  En los veintes creímos saberlo todo, entenderlo todo, haberlo descifrado todo.  Jurábamos tener el secreto de la vida develado clarito en las palmas de las manos.  Pero no.  Es hasta más adelante, al sentir el arrastre natural de los años, cuando la marea de la experiencia ya nos llega a la cintura, que apenas empezamos a entender que ni la vida ni sus respuestas son lineales; que hay espejos difusos, curvas, inclinaciones, cuestas, miradas, palabras, follajes, argumentos, puertas sin manija, y ventanas trabadas, donde a menudo se esconde la verdad; sepultada a veces en lugares perdidos, sin cruces ni marcas.

Lo cierto es que con los años nos cruzan más preguntas que respuestas, o para decirlo mejor: más preguntas sin respuestas.  Cada vez son más comunes los: ¿Por qué me pasa esto a mí?  ¿Por qué tuvo que morirse? ¿Por qué no honró el compromiso? ¿Cómo es posible que eso nos pudiera suceder?  ¿Por qué se burló de mi? ¿Cómo no pude verlo a tiempo? y un sinfín de “cómos” y “por qués” adicionales.

No somos pocos los que nos quedamos en el tiempo buscando respuestas, como si el futuro estuviese dispuesto a esperar, como si una respuesta fuera la carta de garantía para devolver el tiempo.  Y no es que no sea importante cuestionar por qué pasan las cosas, de hecho aprender de las experiencias implica estar dispuesto a encarar preguntas serias y complejas.  Pero debemos ser moderados y saber que en la vida hay muchas situaciones donde toda respuesta se quedará corta, y las razones por las que pasan algunas cosas, por lo menos en esta vida, no nos serán reveladas.

No promuevo en estos párrafos simplemente seguir avanzando a pesar de los eventos críticos que nos suceden.  De eso no se trata.  Muchas veces se nos romperán las anclas que nos sostienen, y es crucial vivir el luto, reagruparnos, repensarnos, pero conscientes de que hay un punto de inflexión, un punto donde debemos asumir una postura sabia ante la ausencia de respuestas, tomar una vez más la bandera de la vida entre las manos, y decir como alguna vez reflexionó mi hermana en forma de consejo: “Yo la verdad ya decidí dejar de buscar respuestas”. 

No es claudicar, es aprender a vivir.  Al fin y al cabo, los viejitos más contentos que conozco, esos que tienen llenitos los ojos, no son los que encontraron en su camino todas las respuestas, sino los que aprendieron a caminar cargando con sabiduría su saco de preguntas.

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viernes, 25 de marzo de 2016

A como vivió murió

Vivió rompiendo los convencionalismos religiosos y sociales:

-Que la mujer vale igual que el hombre (Juan 8:4)
-Que se debe de hacer el bien a los que nos hacen mal (Mateo 5:39)
-Que perdonar no es opcional (Mateo 6:14)
-Que no todo lo que está a la vista es para verlo (Mateo 5:28)
-Que se debe amar a los enemigos (Mateo 5:44)
-Que el más importante no es quien tiene servidores, sino el que sirve a los demás (Mateo 20:25)
-Que lo inmaterial es lo que más valor tiene (Mateo 6:19)
-Que con la fe de la gente no se hace negocio (Juan 2:15)
-Que la preocupación por lo que no está en tu control no tiene sentido (Mateo 6:27)
-Que las buenas obras valen si tienes la motivación correcta (Mateo 6:1)
-Que el mayor regalo no lo hace quien da algo muy caro, sino quien comparte lo que necesita (Lucas 21:1)
-Que debemos aceptar a quienes nos son diferentes (Mateo 9:10)

Y murió consecuente a como vivió: entregando su vida por los que no podíamos pagar, mostrando que el amor no se trata de llenarse uno, sino de vaciarse por los demás.

lunes, 14 de marzo de 2016

Le pregunté su nombre y me dijo: "Yo te amo"

Los niños hacían una trabajosa fila que cada 5 minutos fracasaba en su forma y propósito.  Empujones, bromas, carcajadas, coladas, y amagos de pelea; los güilas (como les decimos en Guadalupe) son igual de inquietos en cualquier parte del mundo, como igual de posesivos nosotros, los hombres.  Mi tarea de esa tarde era bastante fácil: repartir cuadernos y lapiceros.  La cantidad que debía darle a cada niño era variable, nunca supe qué la determinaba; al principio parecía ser el grado escolar del niño, pero luego más bien algún criterio aleatorio del maestro que estaba conmigo.

Dentro del mar de niños agrupados alrededor de las cajas de cuadernos en varios puntos de la escuela, a mí me asignaron al grupo de los que llaman “Dream Boys”.  Son niños rescatados de las calles de Kigali, capital de Ruanda, y patrocinados por donadores independientes para estudiar en las escuelas fundadas por la organización Africa New Life.  Cuando pregunté por qué les llaman los “Dream boys” la respuesta se hundió con su descarnado filo metálico en la corteza flaca de mi tan diferente realidad: “eran niños sin sueños, pero ahora pueden soñar”.  Ahora los enlaza una familia grande y el nuevo suceso de recibir comida, cobija, cariño, valores, y educación, que de alguna manera les pone una hoja en blanco en una mano, y en la otra lápices de colores para que dibujen el futuro que les fue robado.

En la hora y media que tardó la actividad, pese al alboroto y las travesuras, siempre hubo un niño en silencio.  Era un niño triste.  Aislado pero a la vez en medio de todos los demás, como si lo envolviera un plástico difuso y melancólico que lo hacía inalcanzable al ruido y al tacto de los otros niños.  Sentado en el zacate, con la mirada en el suelo, como si la ley de la gravedad pesara el doble en sus ojos.  Esperando pasivo a que el maestro lo llamara a la fila.  Nadie se acercaba a bromearle ni a jugar con él.  Nadie fue a pedirle que le enseñara los cuadernos, ni a mostrarle los suyos.  Como si los demás niños no quisieran contagiarse de algún recuerdo de manos anchas que a él lo tenía anudado de adentro hacia afuera.

Ya sin más cuadernos que repartir, le pedí a un traductor que nos acercáramos a hablarle.  Sus brazos y sus piernas mostraban una cicatriz extensa, de las rodillas a los pies y de los codos a las manos.  Su voz leve se derretía al instante de tocar el aire y era como si arrastrara una petición de perdón en sus palabras.  Le pregunté la edad, en qué grado estaba, cómo le iba en la escuela, y algunas otras cosas simples, tratando de agujerear su silencio.

Cuando le pregunté su nombre levantó su carita y dijo: “Je t’aime”.  Tardé unos segundos para que mi cerebro se enterara que su nombre era “Yo te amo” en francés (esto por la influencia Belga en Ruanda), y otros segundos más en juntar del suelo algunos pedazos de mí que se cayeron ante el golpe y el peso de su nombre pronunciado por un niño.

Sé que se requiere más que eso, pero estoy seguro que cada vez que alguien llame a ese niño por su nombre, serán para él palabras que lo ayuden a deshacer los nudos y sanar por dentro.

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miércoles, 2 de marzo de 2016

La sentencia de Emiliano


Emiliano vive en una sociedad que parece tenerle pavor al silencio.  Él como muchos otros, porque tampoco podemos caer en la ceguera de generalizar, desde que despierta en la mañana, y hasta que vuelve por las noches a desvanecerse en la cama, tiene a su lado múltiples aparatos ruidosos para entretenerse; trazo locuaz de su fobia al silencio.  Y como la vieja historia del huevo y la gallina, no sabemos si la constante exposición al ruido degolló su capacidad de escucharse, o si su desesperada incapacidad de escucharse lo empujó a exponerse al ruido constante.  El caso es que hoy la sentencia médica para nuestro aturdido Emiliano es indisputable: sordera de sí mismo.

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domingo, 28 de febrero de 2016

Una mano marcada en mi muñeca

Con solo 30 segundos de interactuar con él me di cuenta que era uno de esos niños que no me gustan: agresivo, individualista, y de mala actitud, sin contar que parecía que su camiseta la hubiesen usado de “trapo’e piso”.  Sacó todas sus armas mientras jugábamos fútbol.  No era el niño de más edad ni el más alto, pero si el más fuerte y aguerrido, particularmente implacable con los errores de sus compañeros de equipo.  Tuve que llamarle varias veces la atención para que no los echara del juego, aunque mi “spanglish” no servía de mucho, pues él refunfuñaba en Kiñaruanda (lengua de Ruanda).

Dos días después del “partido” lo vi de nuevo.  Esta vez estaba en una de las bancas de la clínica (si es que le cabe ese nombre a un edificio sin facilidades básicas como agua, perdido en una esquina olvidada del mundo), esperando que una de nuestras enfermeras lo atendiera.  Cuando lo vi, él también me estaba viendo, con los ojos curiosos de quien mira desde una estatura más baja.  De inmediato lo reconocí y me acerqué efusivamente para que nos saludáramos chocando un puño contra el otro.  Me correspondió el puño, pero no la sonrisa.  El resto de la tarde lo observé disimuladamente.  Noté que trataba algunas veces de adelantarse a la fuerza en la fila, generando anticuerpos (qué palabra tan apropiada para la ocasión) entre las madres que también esperaban que atendieran a sus hijos; pero como si estuviera acostumbrado al rechazo de la gente, a él parecía no importarle nada.

Aun con mi deficiente inteligencia emocional, me fue obvio que era un niño cuya familia, si existía, lo tenía ayuno de cuidado y cariño.  Quizá de allí salía su agresividad.  La idea que me cruzó la cabeza, aunque lamentablemente no el corazón, fue volver a acercarme, hablarle con la ayuda de un traductor, y despedirme con un abrazo que lo hiciera sentirse apreciado.  Pero no lo hice.  La razón aun no la sé, aunque me he confrontado muchas veces.  Preferí la comodidad de ocuparme hacendosamente de mis labores de la tarde, empacando medicinas y dirigiendo los pacientes a las filas apropiadas.

Las 2 horas de regreso a la capital, Kigali, se me fueron rumiando mi abulia emocional y la tristeza de perder la oportunidad (aunque suene pretencioso) de poner en el corazón de ese niño un bloque, por más débil que fuera, donde él pudiera con el tiempo anclar alguna esperanza, o enhebrar apenas el hilo frágil de sentirse aceptado.  Esa noche le rogué a Dios, con el volumen quedo que genera la vergüenza de haber fallado en lo más básico, que pudiera verlo otra vez.  Solo nos quedaba un día más en la clínica.

Preparé un almuerzo extra en la mañana y aparté una de las bolas de fútbol nuevas que entregaríamos en una escuela.  Las horas en la clínica se fueron evaporando de calor, los minutos morían estrangulados por las manecillas decididas del reloj, y con ellos mi optimismo de que el niño apareciera una vez más.  Al fin y al cabo no tenía por qué hacerlo, lo habían atendido el día anterior.  Salí del edificio varias veces, tal vez pudiera distinguirlo entre la gente que seguía esperando un campo fortuito para ser atendida.

Con el tiempo ya vencido, mientras montaba los equipos al bus y tomaba las últimas fotos, vi otra vez su camiseta sucia aparecer en solitario.  La emoción disparatada me hizo correr en dirección opuesta, tal vez para traerle el almuerzo y la bola.  Al fin le pedí a uno de los intérpretes que no lo dejara irse.

El almuerzo lo necesitaba y la bola lo ilusionaba, pero no dijo nada cuando los tuvo en sus manos.  Esta vez sí me comporté como un hombre completo, sin mutilar las emociones, lo abracé, un par de veces.  Él se mantuvo inmóvil, como si el abrazo fuera un estruendo extraño.  Tampoco dijo nada.  Pero al soltarlo para decirle adiós, algún ángel batió las alas: él aprisionó mi muñeca derecha con toda la extensión de su mano, como si asiera un ápice de certeza en fuga.  Era su forma de decirme que no me fuera, la expresión burda o tosca, si se quiere, de mostrarme un despertar de su afecto.  Y aunque fue solo la fuerza blanda de un niño sujetándome, logró que aún hoy sienta su mano marcada en mi muñeca.

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martes, 16 de febrero de 2016

Cuando conocí a Beyonce

Niños pobres hay en todo el mundo.  Los he visto, como estampas ajadas, en las ciudades más famosas y también en las villas sin nombre.  Es difícil definir si he llegado al punto de indiferencia, lo que sí es un hecho es que me he acostumbrado a ellos, a fuerza de tantas veces que se han acercado a venderme “Chicles” en un semáforo en rojo, o flores en un restaurante.  Sin embargo hubo tres niños, en un viaje reciente a Ruanda, que me obligaron a sacudirme la costumbre, para verlos directamente a los ojos, o quizá es mejor decir, para encontrarnos mutuamente en la sed de nuestras miradas.

Hoy solo voy a escribir de uno de ellos.  Se llama Beyonce (así como lo lee).  De unos 3 o 4 años, con ojos preguntones y cachetes grandes.  Curioso por el ruido que hacíamos o por la bola de futbol, se acercó respetando una distancia prudencial, quizá porque los niños que jugaban conmigo eran mucho más grandes que él, de entre 8 y 12 años.  Cuando le tiré la bola tomó confianza, no para meterse a jugar con nosotros, pero si para acercarse junto a una de las piedras que marcaba la cancha improvisada que hicimos bajo algunos árboles y al lado de la clínica donde el equipo médico daba consulta.

Lo demás fue una marea de correteos, risas y piruetas, que terminó con Beyonce y otros dos intrusos pequeños, atrapados uno a uno en el columpio de mis brazos, balanceándose en turnos descompasados, que a mí me dejaron exhausto, pero con la fuerza fresca, y a ellos con una chispa de alegría garabateada en sus ojos, como si supieran que más que subirse en mis brazos, se me habían subido al corazón. 

Aprendí que aun en ambientes adversos, los niños pequeños tienen intacta la esperanza, y mientras lo escribo pienso que quizá esa fue la razón por la que el maestro dijera que debemos ser como niños.

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sábado, 23 de enero de 2016

Un genocidio y Tonia

Ya casi las nueve de la mañana, pero el frío descarnado se opone fieramente a que la ciudad de Ghent, Bélgica, se despierte.  La ventana cuadriculada de la sala del hostal deja ver algunos caminantes y unos pocos más que pedalean su bicicleta (haciendo la imagen una postal más de la ciudad).  Lo pausado del río que pasa bajo el puente de Saint Michaels bien podría confundirse con pereza, pero nada más opuesto a la verdad, es más bien el último recurso de una frenética lucha líquida para no congelarse.

Me quedé unos días aquí, aprovechando que le vuelo de regreso de Rwanda pasaba por Bélgica.  Y pese a la belleza medieval y arquitectura flamenca de la ciudad, lo estilizado de sus mujeres, su castillo, sus torres, sus puentes, y los rincones exquisitos que parecen dispuestos para que los ojos no se quieran ir jamás, hay una corriente indomable revolviéndose en mi sangre desde la semana pasada en que visité el museo del Genocidio, en Kigali, Rwanda, que no se va a aquietar hasta que escriba al respecto.

La relación histórica entre Rwanda y Bélgica es sumamente estrecha, ya que fueron los belgas quienes colonizaron al país africano.  No tengo información de cómo fue la conquista, aunque en su vecino Congo fue devastadora.  Sin embargo los historiadores coinciden en que las conductas colonizadoras europeas fueron las que alinearon las causas que han desembocado en el desangre moderno de las otroras colonias, incluyendo el genocidio de Rwanda de Abril de 1994.

No hay registro pre-colonial de divisiones, luchas, o competencia de poder entre la mayoría Hutu y la minoría Tutsi.  Fue durante la colonia que se gestó el registro de las diferencias étnicas con fines, si se quiere, académicos, pero que marcaron el inicio de la separación entre hermanos, que provocaría la muerte de un millón y medio de Tutsis en tan solo 100 días.

Podría detenerme a describir con detalle las fotos reales que están en el museo del genocidio, hacer conjeturas forenses de cómo murieron algunos Tutsi a partir de los daños óseos de los cráneos conservados en las grutas, o incluso fundir mi propio repertorio de palabras de odio con el sentido de injusticia que se evidencia en el testimonio grabado de algunos sobrevivientes.  Pero no lo voy a hacer, porque Rwanda ha elegido el camino del perdón.  Y no es que crea que el perdón debe callar los daños o minimizar con el silencio las atrocidades, sino que quienes fueron victimizados ya han expuesto y asumido los detalles, como primer paso para sanar la devastación personal, familiar, civil, y moral del país.  Así que solo voy a referirme brevemente a algunas de las sensaciones que me quedaron impresas, como marcas de hierro caliente, en las paredes interiores del pecho mientras iba recorriendo las estancias del museo:
  • El corazón humano es inmensamente corruptible.  Nuestras pasiones más oscuras lo deforman al grado de romper el límite de matar por matar, degradándolo a la saña de infligir sufrimiento, dolor, y agonía a otros, incluyendo niños, sin mostrar un segundo de vulnerabilidad ante su grito de clemencia.

  • Lo que sucedió en Rwanda no fue, como alguien quiso explicar con simpleza, que se les metió el diablo.  Fue más bien que unos pocos, con intenciones perversas y fines egoístas, sembraron el demonio del odio en las manos de las masas agitadas.

  • El papel de la prensa para crear una ideología del odio, una retórica de la violencia, y la no solapada invitación a la acción degenerada, fue un bloque fundamental en la construcción social del genocidio.

  • No fueron milicias externas, fue un movimiento interno gestado por el propio gobierno el que promovió y presupuestó la matanza de un grupo de sus ciudadanos.  Los que debían proteger a la población fueron los que usaron contra ella las armas, como un padre masacrando a sus hijos.

  • El mundo entero sabía desde 1990 la receta de muerte que se estaba cocinando en Rwanda.  Algunas voces se levantaron, quienes podían no tomaron una acción inmediata para detener la sangre.  Lamentablemente otra derrota política y práctica en la historia de la ONU.

  • Más de 200,000 años de historia humana según la ciencia y aún no podemos decir que llegamos a un nivel de civilización que garantice que jamás ocurrirá un nuevo genocidio.

  • Siempre hay gente que sopla con fuerza para mantener encendida la llama exigua de la esperanza.  Gente a quien el puño intimidante del poder no le hace bajar la mirada.  Gente con una luz interior que no se atenúa con la amenaza.  Dispuestos literalmente a ponerle el pecho a las balas para que quede intacta la piel de los inocentes.  Tal es el caso de Tonia Locatelli, una monja italiana a quien cobardemente mandaron al cielo antes de tiempo, en las gradas frente a su casa, en 1992, mientras ella levantaba la voz, escribía cartas de alerta, y escondía y alimentaba a los perseguidos ante la violencia ya en marcha.  Su memoria es apenas honrada en el jardín exterior de lo que fue una iglesia católica en Bugesera, donde el gobierno mató a 10,000 Tutsis.  Su tumba, sumamente humilde, como todo en la provincia más pobre de Rwanda, solo tiene una leyenda que se lee en 3 idiomas, aunque su historia y su nombre debieran ser conocidos por el mundo entero.

Aun en las dificultades más sombrías hay personas con una verdad más fuerte en el corazón.  Quizá no todas logran llegar al otro lado de las sombras, pero sin duda nos dejan marcado el camino.

Que nuestro corazón jamás alimente el odio, que haya muchos padres de familia con la sabiduría de criar todas las imprescindibles Tonias que ocupamos en el mundo, y que tengamos la fibra para convertirnos nosotros mismos en una Tonia hoy que es tan necesario.  Aun creo que la bondad es más contagiosa que la maldad.

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miércoles, 13 de enero de 2016

Amanecer en Rwanda

En un compás creciente de métricas complejas, 
orquestado por cientos de pájaros cantando, 
la claridad decidida se abre paso, 
cardumen en fuga enardecido, 
esperma de luz con apetito desbocado 
por fecundar el aire de mi primer amanecer 
en este país herido.

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viernes, 1 de enero de 2016

Predicciones 2016

Si usted pone “Predicciones 2016” en cualquier buscador de Internet, le saldrá un abismal número de resultados, cercano a los 600,000.  Una simple muestra de nuestra avidez humana por predecir el futuro, utilizando diferentes grados de elucubración: desde sistemáticas proyecciones matemáticas y conclusiones estadísticas, pasando por pronósticos basados en la experiencia, hasta inconsecuentes augurios, vaticinios, y presagios.

Entre nuestros profetas modernos tenemos Premios Nobel de Economía, Astrónomos, Geólogos, Meteorólogos, (y otros “ólogos” del ecosistema científico), pero también auto proclamados Videntes y Agoreros estilo Walter Mercado, sin dejar de mencionar periodistas deportivos que predicen quiénes serán los convocados de este año a la selección.

En el repertorio de predicciones, hay para cada tonalidad que se busque.  Algunos pocos ejemplos:

  • Van a lograr ubicar el avión de Malaysia Airlines
  • Luis Miguel va a tener problemas legales y financieros
  • Cartago queda campeón
  • El Papa va a tener un período de enfermedad tras hacer una reforma sustancial en la iglesia
  • Un nuevo record a la baja en el precio del petróleo
  • Inundaciones en California
  • Terremoto en el Noreste de USA
  • Mayor desaceleración en la economía China

La verdad nadie sabe lo que sucederá ni siquiera el segundo siguiente.  Por supuesto que existen modelos predictivos para mostrar tendencias, que permiten concluir con un nivel de confianza y parámetros de error, pero no necesariamente para nuestra realidad cotidiana y personal.

Por más que vaticine y planee, yo no sé cómo será mi 2016.  Sé qué quiero lograr, qué quiero aprender, por qué me voy a esforzar, pero hay demasiadas variables que no dependen de mí. 

Me opongo visceralmente a todos esos lemas cristianoides de súper victoria espiritual, que mezclados con el positivismo humanista y la “ley de la atracción”, hacen creer a la gente que no habrá lágrimas ni piedras insalvables en el camino.  Me sé de memoria las referencias bíblicas donde Dios me dice que “nunca me dejará ni desamparará”, donde me dice que “su misericordia me perseguirá”, donde dice que “caminará delante de mí”, pero también me sé las que describen que “el camino es angosto”, que “en esta tierra enfrentarán aflicción”, y la que dice “esfuérzate y sé valiente”.  Conozco el salmo 84:7, pero no ignoro el 84:6.

Así que puedo planear y dar lo mejor de mí este año para tener un excelente pronóstico de los resultados, pero qué pasa si por más que me esfuerzo no logro lo que quiero, y si no llega la pareja, y si no formo una familia, y si no llegan los hijos, y si no me gradúo, y si no me dan el puesto para el que me he preparado, y si no puedo pagar la casa, y si me despiden del trabajo, y si me diagnostican una enfermedad crónica, y si me son infieles, y si, y si, y si…

Pues nada.  Nuestra responsabilidad es planear, dar la mejor lucha, entrelazar con otros nuestras manos, ponernos la camiseta de la esperanza, empuñar el amor y la fe, y tomar el riesgo de caminar (créame que lo mejor de la vida se pierde por no tomar riesgos).  De Dios es todo lo demás.

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jueves, 24 de diciembre de 2015

La noche en la que Dios se hizo vulnerable

Nada en esa noche era diferente de todas las otras noches del mundo:
Como siempre, miles de estrellas hiriendo la oscuridad profunda, como infinitas velas lejanas o gotas disecadas de la última tormenta de luz que provocara un ancestral choque de soles. 

El frío metía igual sus dedos congelados, con la complicidad del viento, por entre las ropas de la gente.

La vida y la muerte, como noche tras noche, recorrían el mundo de la mano, dejando sus canciones en cientos de partos y en cientos de partidas.

¡Y qué decir de los enamorados!  No fueron diferentes esa noche, bebiéndose el amor con la sed exacerbada de un desierto, tocándose la piel como si tuvieran bocas y lenguas hambrientas en las manos.
 
Reitero, nada era diferente esa noche:
La compañía y la soledad, como espectros en esquinas opuestas del alma humana, pintaron como siempre sus luces y sombras en los rostros de la gente.

Como todas las noches, los privilegiados se irían a dormir tras un festín de gula, mientras la desbordante mayoría disuadía la mandíbula y la tripa con algún caldo vacío.

Las mismas mareas bailando al compás de los astros cercanos.  Las mismas piedras sentadas por todos los caminos.  La misma luna tejiendo poesías en los ojos de los hombres.  Los mismos perros ladrando sin razón a las sombras.  Los mismos ademanes de los árboles cuando los toca el viento.  Los mismos ríos desbocados en la piel de sus aguas.

La única diferencia de esa noche fue el primer llanto de un recién nacido.  No porque llorara con un sonido diferente a cualquier otro niño.  Sino porque quien alguna vez dijera “que se haga la luz”, el que con su ciencia doblara y desdoblara el tiempo, y con su simple aliento le diera dirección a las esquinas del viento, lloraba por primera vez, como nosotros, los hombres.  Quizá de frío, quizá de hambre, quizá por el sobresalto de no estar ya más en el vientre de su madre, igual que nosotros, los hombres.  Fue la noche en la que Dios se hizo vulnerable.

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domingo, 4 de octubre de 2015

Hasta Nuevo Aviso

Mi mejor amigo diría: “te quedaste sin la parte más inteligente que tenías”

Un Religioso diría que “fue alguna llamada pecaminosa con mi celular lo que provocó que se manifestara la ira de Dios en su contra”

Un político diría: “Uno de los nortes de mi programa de gobierno se centra en nuestra filosofía de apertura llamada “Un Celular Para El Pueblo”, en el cual prometo darle acceso a toda la población al >Bono Celular<, y cuya misión es dotar a cada miembro de la familia costarricense con un Smart Phone que abra nuevas sendas al diálogo, a la vez que posibilite el camino para seguir siendo el país más feliz del mundo”

Un científico diría que “el cuerpo de mi celular experimentó una fuerza de aceleración de aproximadamente 9.81 metros por centímetro cuadrado, hasta que su masa colisionara con la superficie terrestre en un punto vectorial dirigido hacia el centro de gravedad del planeta”

Un poeta diría que “así como un hombre queda atado por los hilos invisibles que ejerce la despiadada belleza de la mujer, atrayéndolo hacia ella con la intempestiva fuerza del amor, hasta estrellarlo con la fatal realidad de un sentimiento no correspondido; del mismo modo y suerte, mi celular recorrió el camino entre mi pecho y el suelo, con la ilusión de besar la madre tierra, de donde alguna vez tomó todos sus elementos, pero encontró en cambio la frialdad mortuoria del pavimento”.

Un sindicalista diría: “Casualmente nuestras convenciones colectivas contemplan el pago del remplazo de celulares quebrados para los miembros de nuestra junta directiva”

Un artista de Stand Up Comedy diría de modo hilarante, en un show de 10 minutos, como se van deformando las facciones de la cara, aderezado con sonidos guturales, flatulencias, y otras reacciones varias, que suceden en los micro segundos eternos que tarda el recorrido de un celular desde la bolsa inexistente de una camisa hasta el pavimento.

En Guadalupe simplemente diríamos “se me desmadró el celular”.

Y yo solo digo: “me quedé sin celular hasta nuevo aviso”

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sábado, 29 de agosto de 2015

El Sabio de Babilonia

Cuando el mundo conocido era dominado por el avasallador Imperio Babilónico, con renombrados y todopoderosos reyes caldeos, medos, y persas tales como Nabucodonosor, Darío, y Ciro, había en el reino un sabio excepcional llamado Beltsasar.  

Su inteligencia, convicción, destreza, dominio de las lenguas, disciplina, y talentos aguzados lo habían colocado por mucho tiempo al frente de la administración del imperio, donde mantenía una reputación intachable.

Aunque él mismo no era el rey del imperio, su posición sin duda era de honor, fama, poder, riqueza, influencia y alcance internacional (si el término "internacional" calza para la época).  Indiscutiblemente debió tener una exquisita profundidad de pensamiento y magnetismo en sus palabras para que los más poderosos lo llamaran su consejero personal.

Pese a sus iluminados dotes y a su vasta carrera profesional que culmina en un puesto de distinción y privilegio, se registra en el libro que narra su historia, conocido simplemente como “Daniel”, su profundo sentido de humildad, caracterizado por el reconocimiento de lo ínfimo de sus logros, influencia, y fama frente a la inmensidad de la bondad de Dios.  Una frase que pronunció en una oración a Dios basta para ilustrar el punto: "Al hacerte estas peticiones, no apelamos a nuestra rectitud sino a tu gran misericordia".

Y yo digo: que el poquito de sabiduría que tenemos nos alcance para ver la proporción correcta de cada cosa.

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miércoles, 19 de agosto de 2015

La Señora y su Calendario

Se le incendiaba el alma de ganas por tener el calendario de los bomberos, pero su posición de señora de sociedad, madre respetable, y mujer de hogar, sumado al "Qué Dirán", hacía que a todas luces comprarlo fuera severamente inapropiado.

Elaboró entonces un plan muy poco intrincado pero si decoroso para hacerse con la suya: Provocaría ella misma un incendio en su casa. Un pre-aviso anónimo haría que los bomberos llegaran antes de que los daños fueran cuantiosos, y mientras ellos desplegaban sus unidades, se revestían con sus equipos, activaban las máquinas entre palancas y manijas, y entraban presurosos y sudorosos a la casa a luchar contra las llamas incipientes, ella se apostaría en un rincón privilegiado del frente de la casa a tomar fotos con su celular. Podría tener así nada más y nada menos que su propio calendario de los bomberos.

No le dio muchas largas, ya no podía esperar más para escoger quién sería Setiembre (el mes de su cumpleaños), así que arregló todo para llevar a cabo su plan esa misma tarde.

Todo iba sucediendo según la secuencia elucubrada en su mente, y ella, fría y calculadora, se mantenía tranquila mientras veía el humo empezar a hacer su vaporoso camino por entre las celosías de la cocina. Al escuchar la proximidad de las sirenas la adrenalina apenas se liberó en una pequeña dosis controlada, sin mayor alteración sobre su pulso seco. Cuando vio los camiones entrar por su calle se colocó muy digna a la par del arbolito de la entrada, y encuadró su celular para la primera foto. Fue allí cuando se le vio caer sobre sí misma, y pegar un grito que parecía enmudecer todas las sirenas del mundo. Se dio cuenta con histérico pavor que se le había pasado un detalle. Su celular se había quedado sin batería.

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sábado, 15 de agosto de 2015

El abrazo que iluminó las estrellas

Hace un par de semanas, quizá por la inminencia del 2do disco, de las profundidades del mar de mis recuerdos felices subió a tomar oxígeno uno en particular.  

Yo tenía la vida nueva (19 años), y una de mis canciones se había logrado colar en el Festival OTI de ese año.  La grabación la habíamos hecho el miércoles anterior en #Teletica.  En la noche del sábado pasaban el programa a las 8 pm donde los jueces decidían cuáles canciones iban a la final.  Yo me fui a verlo con mis amigos del barrio a la casa de Roberto, a 50 metros de la mía.  

Al cierre del programa, en el mismo segundo en el que los jueces anuncian que mi canción pasaba a la final, todo estalló en gritos y la emoción se desbordó por puertas y ventanas.  Mi reacción inmediata, diría que instintiva, fue correr hacia la casa de mis papás.  Para mi sorpresa mi madre había reaccionado igual, de modo que nos encontramos en la mitad del camino con la prisa atorada en la garganta, y nos fundimos en un abrazo que estoy seguro que iluminó a las estrellas de esa noche.  Ese abrazo fue luego el combustible para muchas empresas de mi vida.  Gracias ma!


miércoles, 24 de diciembre de 2014

Metamorfosis Inversa

Extendió el universo sobre la palma de su mano,
y con un solo soplo le dio dimensión y estructura.
Le puso un nombre único a cada estrella.
Compuso lunas brillantes y con su índice las acercó
hasta quedar atadas con hilos invisibles a sus planetas.

Entre dos dedos marcó el punto cero de los polos de la tierra,
y con un ademán apenas sugerido la puso por los siglos a rotar.
Fueron sus ojos los que imantaron el norte del mundo.

Tejió las indescifradas fibras de su esencia,
superpuestas en precisas distancias asimétricas,
para hacer estallar la vida
en infinidad de movimientos, formas, y colores.

Y aun así,
con toda su magnificencia,
decidió disminuirse a nuestra estatura,
sin privilegios someterse a nuestros límites,
y sin atajos nacer bajo la vulnerabilidad de un niño.
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Las Botas De Santa


En lo personal me parece de mal gusto esta costumbre de Santa de andar dejando sus botas en todo lado.  Con lo caro que están los zapatos, creo que es un alardeo desmesurado.  

Además uno no le anda diciendo a sus amigos: “vea mae, hagamos una vara, te dejo este zapato mío para que me recuerdes, pero colgalo en algún lado y la próxima vez que yo venga te traigo un regalo”.  

Por otro lado, yo sé que existen los desodorantes para pies, pero al traer las botas puestas desde el Polo Norte, no debe haber desodorante que valga.

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martes, 23 de diciembre de 2014

Llueve

La lluvia empezó a caer
y ellos no se movieron,
- como un allegro de Mozart - se tupió
y ellos ni se inmutaron,
arreció,
como parida por el eco antiguo de Noé
pero no se inquietaron.

Son un remedo mío,
solo estatuas
en el patio del museo.